22 febrero, 2006

narcolepsia -

Hay sensaciones que, como el sueño, ocupan, a la manera de una niebla, toda la extensión del espíritu; que no dejan pensar, que no dejan obrar, que no dejan ser con claridad. Como si no hubiésemos dormido, sobrevive en nosotros algo que se parece al sueño, y hay un entumecimiento del sol del día que entibia la superficie estancada de los sentidos. Es una borrachera de no ser nada, y la voluntad es un balde volcado hacia la huerta por un movimiento indolente del pie al pasar.

Se mira pero no se ve. La larga calle agitada donde pululan bichos humanos parece una especia de tablilla lisa acostado donde las letras, a fuerza de ser móviles, no llegan a tener sentido. Las casas son solamente casas. Se pierde la posibilidad de darle un significado a lo que se ve, pero se ve bien lo que es, eso si.

Los golpes de martillo, tras la puerta del fabricante de cajones, suenan con una extrañeza cercana. Suenan bien separados los golpes, cada uno con su eco sin provecho. El estruendo de los carros al pasar se asemeja al de los días en que se anuncia, tronando la tormenta. Las voces salen del aire y no de la garganta. Al fondo, el río esta cansado.

No es hastío lo que se siente. No es pena lo que se siente. Es mas bien ganas de dormir con otra personalidad, de olvidar esperando un cambio. No se siente nada, a no ser un automatismo aquí abajo, haciéndonos saber que son nuestras unas piernas que nos pertenecen y que, en su marcha involuntaria, nuestros pies son esos que golpean el suelo y se sienten dentro de los zapatos. Y ni esto, quizá. Alrededor de los ojos y como dedos en los oídos, hay una presión instalada en la cabeza.

Parece una gripe del alma. Y con la imagen literaria de estar enfermo, nace el deseo de que la vida fuese una convalecencia; en cama siempre y nunca mas de pie; y la idea de la convalecencia evoca las quintas de los alrededores de Lisboa, pero las de mas adentro, allí donde las quintas son hogares, lejos de la calle y de las ruedas. Sí, no se siente nada. Se pasa conscientemente durmiendo en todo, incapaces de darle al cuerpo otra dirección, y así cruzamos la puerta por donde se debe entrar. Todo pasa.